(microrrelato) Árabes infolios

Entre polvo y ceniza Latina. Árabes infolios. Efervescente cual Ego.

Tonos agridulces al compás de ser libres. Extasiado de clarividencia.

Mi llaga, mi miel. Mi política y mi religión. Mi derecho, mi lecho.

Dejo de ser, como si de repente. Sólo soy. Soy yo.

Me separo. O me acerco. No sé a dónde o a quién.

Pesadumbre. Sé de dolores o de alegrías que unen. 

Sé. Tú sabes.

Igual diferencias de color por problemas de retina. 

El color que nos separa. O la distinción que nos une.

Yo creo en ti. Tú crees en mí.

Ir y venir. En aquel recoveco, abrumado de vida.

La muerte como única insobornable. 

Mi empeño en vivir. 

El tiempo de nuestra parte.


Fotografía, la manos de Aisha, terapeuta en el Hospital Pablo Horstmann de Anidan. En Lamu, Kenia. Fotografía airamvl (licencia CC)

 

(microrrelato) Reproches no dichos

No bajé de la moto ni me quité el casco. A lo lejos, casi sin detectarle debido a la densa neblina, supe que era él. Era mi padre haciendo auto-stop. Azares de la vida, me paré para ayudarle. El devenir hizo que dejáramos de hablarnos hace ya cinco años. Mi traje de motorista no permitía delatarme, muy a mi favor. No supo reconocerme. 

Estacioné a su lado. Casi como jugando a ¿quién es quién? Tanteé a la siniestra sensación de contactar con mi padre siendo yo para él un desconocido.

– Mi coche acaba de deshidratarse ¿podrías ayudarme a llegar a la gasolinera más cercana? – Preguntó

– Claro – respondí

Subidos en mi moto, seguía sin saber quién era. La última vez que nos vimos fue en el funeral de mi hermano. No hubo reproches al alza en ese día. Solo silencio, que bien mordía; sazonado con algún otro sólo resentimiento de fondo. De esos reproches nunca dichos pero que bien fueron resentidos. Y costaba tragar. Vaya si costaba. De esos “deberías de haber hecho” “tendrías que haber” o “qué hubiera sido si..” y poco más. Cada uno por su lado. El orgullo hizo el resto.

***

Ya montados los dos en la moto, comencé a conducir de forma temeraria. Adelantamientos imprudentes en una noche de niebla. Mi padre me agarraba más fuerte que nunca, y me reconfortaba.

Presencié cómo agachaba la cabeza para protegerse del aire. Sin duda,  reparó en el alza de mi zapato izquierda, pues tengo esa pierna algo más corta que la derecha. Dramas aparte, quienes peor lo llevaron fueron mis padres, ese sentimiento de culpabilidad de tener un hijo con un zapato ortopédico, donde unos centímetros hacen de menos, o de más, según se mire. Al fin y al cabo ¿qué pierna es la defectuosa?

¿Sería yo? No sé si se lo planteó. Parecía que me agarraba más fuerte que nunca, no sé si porque conducía yo de forma temeraria o porque le recordaba a su hijo.

***

Llegados a la gasolinera, le dije que podía llevarle de regreso a su coche con la gasolina recogida en un bidón. Por alguna extraña razón, me dijo que no hacía falta. Ya se las arreglaría. Como precisamente dejamos de hacerlo en nuestras vidas. No trató de mirar a través de mi casco, quizás por miedo a saber. Saber que no se equivocaba.

Esa noche sonó el teléfono varias veces, solo unos tonos, como esas llamadas perdidas largas que no sabes si te llaman o bien te dicen que se acuerdan de ti. Al aceptar la llamada, ya había colgado. 


Fotografía petzoj en Flickr aquí (licencia CC)

(Kenia) Pateando la Isla Pate

Si el archipiélago de Lamu en Kenia está olvidado, y lo poco que se conoce es pobreza y atentados terroristas, la isla de Pate es la personificación de sus carencias, así como de todas sus virtudes. Todo lo bueno y malo que tiene Lamu, lo tiene Faza como hipérbole.

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Isla de Lamu (la capital) al sureste de la imagen, continúa con la Isla de Manda y finalmente la Isla Pate. El círculo aparece Faza y Kizingitini, poblados que visitamos. Recuerda que son islas muy cercanas tanto del contienente como de la frontera somalí

No te voy a engañar. Fuimos mentalizados de que este viaje podía salir mal. O muy mal. No pudimos planear nada simplemente porque no podíamos planificar este viaje, todos los datos que nos proporcionaban eran contradictorios o insuficientes. Así, nosotros dos, cooperantes (psicólogo y enfermera) que trabajamos en la Isla de Lamu “la capi” desistimos en nuestro afán occidental de tener un viaje ordenado, enlatado y con lacito. Nos fuimos a la aventura y expectantes, lo cual no dejaba de tener su encanto.

El viaje comienza de forma extraña: el barco sale a las 6:00 am de forma puntual. Nos sentimos incómodos y descolocados. Nos preguntamos de qué manera tan siniestra este barco sale a su hora prevista. Todos apelotonados, una cabra mea en el barco y un niño nos mira como si se compadeciera de nuestro color de piel o preguntándose si tirarnos un plátano. Estamos encantados.

Llegamos a la parte oeste de la isla llamada Mtangawanda en dos horas. Como si no hubiera mañana, un hombre se desgañita por buscar clientes en su matatu (taxi-furgoneta). Como sacados de un concurso sobre ¿quién quiere ser más hortera? el gusto por adornar estos vehículos sigue siendo una incógnita. Sabemos que la Tv que se encuentra en el coche es de decoración, ¿cómo diantres funcionaría? Con música keniana bailonga y con los subwoofer a tope, nos tiembla el cuerpo y nos retumban los oídos. Todo esto mientras nos reimos a carcajadas, claro está. Una abuela entrañable le dice amablemente al conductor que le está destrozando sus skios (oídos en el idioma suajili).

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Matatu. La imagen no refleja toda la decoración interior. Al fondo se ve una TV pegada con celofán.

Curioso los esquemas mentales occidentales, estamos mentalizados que tardaremos mucho en llegar a Faza, el poblado más oriental. No queremos que nos lleven la contraria, pero el conductor se empeñó en hacer un viaje solo de una hora. Al parar en nuestro destino en el poblado de Faza, le dijimos amablemente al conductor que aún no habíamos llegado, que Faza está mucho más lejos. ¿Cómo tiene la desfachatez de tardar tan poco? Con tal pretenciosidad el hombre se reía de/con nosotros, cómo si no lo supiera él, como si no se conociera esas carreteras.…

Llegados a Faza, el camino es espectacular, trazado por un puente que comunica una mini península dentro de una isla, los burros nos cagan y saludan a la vez. Una lugareña llamada Aisha se compadece de nosotros, y nos ayuda a encontrar un hostal. Al ir con ella, todo el mundo nos mira y a ella le agasajan, es como si se hubiera comprado a unos blancos.  De hecho nos tratan como a famosos, los blancos sólo vienen una vez al año, nos comenta. 

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Entrada a Faza, Isla de Pate

El hostal merece mención aparte. El Wel  Come Pwani Hostel nos saluda con un tarántula a su izquierda, para que no nos invada la soledad. El hostal se toma muy en serio la suciedad, así como el diseño del baño digno de salir corriendo. Le pregunto al dueño en un suajili chapurreado donde podríamos tomar unas cervecitas. Después de 3 segundos mirándome en estado de inanición, me responde con una estruendosa carcajada. Debió de ser muy gracioso.

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Entrada al hostal
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Nuestra guía improvisada Aisha

Una vez instalados en Faza, nos queda claro el contexto: el lugar tiene tanto de encanto visual como de pobreza, de autenticidad como de exclusión social. Viven al día, con lo justo y gracias. Faltaría más. A perro flaco todo son pulgas, el incendio de 2009 hizo estragos en un sitio donde poco había que quemar. Nos lo explica Mohamed, lugareño que recibe una ayuda por parte del Hospital Pablo Horstmann de Anidan. Su hijo Zunei estuvo ingresado debido a su estado de malnutrición y otras patologías crónicas. Mohamed se desvive por mostrarse agradecido. Su constante e ininterrumpida gratitud termina siendo cansina, pero tierna. Nos presenta a su hermano y su madre como unas siete veces, por si no nos queda claro. Reconozco que cuando lo explicó la séptima vez, no supe si me estaba tomando el pelo. Zunei trata de darle besos a Irene, pero lo más que llega es a juntar sus labios con sus mejillas. No sabe besar. Sin embargo, el cariño hace el resto.

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Mohamed Zunei con su hermano y madre, esperando a que llegue su hijo Zunei
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Mohamed, Irene y Zunei

El hospital de Faza está muchísimo mejor de lo que pensábamos. Nos lo enseña Firdaus Ali, antigua enfermera del Hospital Pablo Horstmann de Anidan. El gobierno keniano decidió enviar al personal sanitario más cualificado a los sitios más recónditos, para que así pudieran sacar adelante aquellos poblados con carencias sanitarias. Esto es una buena noticia para la cooperación, pues deja sus esporas de formación al personal local por todo el distrito lamunio, para que sean ellos los que saquen los proyectos adelante. Cambiando de tema, ojito a los precios mostrados del Hospital cual mercadillo.

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Que me lo quitan de las manos

Por fin llega el momento, podría ser lo mejor del viaje: el espantapájaros. Yo tampoco me lo explico, pero nos encandiló. La cinta VHS no tiene desperdicio, el radiocassette deshuesado y una linterna inutilizada hacen el resto. Poco les interesa espantar a los pájaros, te lo aseguro, pero y lo divertido que es ¿eh? Somos fan del espantapájaros.

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El espantapájaros de Faza

Nos fuimos a otro poblado cercano: Kizingitini. Con más encanto incluso que Faza, las casas tienen una estructura homogénea, hechas de piedra de coral, adobe y techos de makuti (dejando atrás la uralita de Faza). Volvemos a saludar y decir las frases protocolarias en suajili, los niños estupefactos de ver a blanquitos, algunos con unas caras dignas de enmarcar. El “paseo marítimo” de Kizingitini es una delicia, desde ahí se ve la remota Isla de Kiwayu y al lado Somalia.

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Casa típica de la Isla de Pate
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Edificio antiguo desmantelado de Cruz Roja (Déjà vu con los edificos posguerra de Mostar, Bosnia)

Pillamos una boda. Casi todos nos conocen por trabajar como cooperantes en Anidan, así que nos sirven unas sillas de plásticos sucias. Nos la merecemos como invitados. En el bodorrio van todos pintados como una puerta. Nos entran ganas de quedarnos toda la tarde, pero seguimos.

La señora de la izquierda, pese a que se desvive por taparse, aporta mucho en la imagen. Sus brazos están decorados de henna y pintura de tipi pica, elemento decorativo en eventos especiales, como en la boda. En la derehca su amiga rapera deseosa de posar
La señora de la izquierda, pese a que se desvive por taparse, aporta mucho en la imagen. Sus brazos están decorados de henna y pintura de pica, elemento decorativo en eventos especiales, como en bodas. En la derecha su amiga rapera deseosa de posar.
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De bodorrio, jugando a los indios en Kenia

A la noche vamos a la cantina a tomar unas cervezas bien calientes (ni se te ocurra preguntar si están frías) y sin luz en el garito. Noche perfecta.

***

¿Lo peor/mejor del viaje? El madrugón: ¡nos despiertan a las 4:00 am! ¡Rafiki Rafiki! Grita el lugareño para despertarnos, ¡menudo susto! No nos queda otro que irnos en ese barco, pues es el único barco de vuelta hacia la isla de Lamu, ¡qué valor! Entendemos que aprovechan el primer rezo musulmán de la mañana, y de ahí a hacer vida. Nosotros junto con el madrugón, la experiencia y el vaivén del barco, nos quedamos en el dulce duermevela de un madrugón aún no resuelto, todo sazonado con una noche estrellada y una media luna inigualable.

Así da gusto.


Fotografía airamvl.com, licencia libre (CC)

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Nuestro absurdo destino

Una de las frases más explotadas es la famosa “todo ocurre por algo”. Todo tiene un porqué, o peor aún, un para qué. De esta manera, debe de existir ese algo que se nos escapa y da sentido a lo que dejamos de verlo como tal. De hecho, el grillar de los grillos no ocurre porque sí, pues tiene una función; tanto que el PP salga reelegido en Valencia se supone que será por algo, tendrá un propósito (quizá absurdo), aunque ambos se escapen a nuestro entendimiento.

Precisamente por su poder calmante y anestésico, la idea de que todo ocurre por alguna razón está tan sumamente extendida como los supermercados Mercadona. Tan expandida como su antónimo nihilista: “la vida es un absurdo sinsentido”. Este parece sacado de un discurso victimista, ese “nada tiene sentido” se asemeja a un resentimiento de fondo, como un reproche vital no resuelto. El “todo ocurre por alguna razón” es una manera ingenua de sopesar las tragedias y saborear los buenos acontecimientos, todo sazonado con la autoayuda, la religión y claves del éxito (faltaría más).

Curioso es que incluso a los que les toca vivir en un país desarrollado piensan que están ahí por haberlo merecido, esto es, que no ocurrió por el azar. El desasosiego llega cuando los que viven la bajo pobreza en Kenia, por ejemplo, piensan que se lo merecen. Bien porque se lo hacen creer, o bien porque se lo han hecho creer ellos mismos. No sé cuál es causa-efecto o cuál va primero. La indefensión aprendida en países en desarrollo está de moda. Parece que no hay dados que se lancen para, al menos, apostar por la suerte. No hay libre albedrío ni azar.

Yo creo que todo pasa por algo…. para que “algo” también sea cambiado, claro está. También pienso que todo es puro azar. Para mí no son excluyentes, van de la mano. Soy tan nihilista como crédulo del destino, sea este oscuro o multicolor.

A falta de una mejor coartada, el destino en forma de presente me absorbe a cada instante y no me deja escapatoria. La vida me es disparada a bocajarro. Afortunadamente.

En fin. De este destino tan azaroso y absurdo.


Fotografía Dave Gough en Flickr (licencia CC)

(microrrelato) Mi miedo me alivia

Después del sobresalto, la extrañeza me invadió. Me grité mi falta de miedo. Estaba incómodamente sereno. Fue como una mezcla agria y siniestra de sosiego, como cuando se te queda dormida la pierna y el hormigueo te delata la falta de riego sanguíneo. Aparte del miedo, eché en falta mi pastilla de Lexatin y Rivotril, pese a que no los necesitaba.

Al levantarme a oscuras, me dispuse a buscar mi miedo en el baño, sabiendo que no podría estar muy distante. Me miré al espejo, que siempre dice la verdad y este me escupió un rostro desaliñado. Por raro que parezca, verme demacrado y sin miedo me arrojó templanza y serenidad. De verdad, toda esta quietud me intranquilizó, y me hizo buscar con más ahínco el miedo que había perdido.

Con esta paz tan insoportable, algo tenía que suceder. Es como ese tipo de tranquilidad que precede a una gran catástrofe natural. Así, de forma repentina, un ruido sordo me dejó patidifuso. No fue más que el portazo del vecino, el ruido de otro piso. Encendí la luz y vi las facturas por pagar, el orden de desahucio y los casos de corrupción.

Por fin, sentí que me había recuperado. Más bien, que había recuperado mi miedo, y esto hizo que recuperara las ganas de quejarme, pues me sale por inercia. Como cuando hablamos del tiempo. Miedos y quejas por decreto social.

Así, con mi desasosiego, me fui a la cama más tranquilo.


Fotografía Pixelicus (CC) en Flickr

Nuestro Estómago social

A veces cuando divago, lo cual suele ser a menudo, imagino un sólo corazón bombeando la sangre de los 7.000 millones de humanos que existen. Todos los corazones de la población en uno solo. Como un gran corazón con billones de venas y arterias irrigándonos.

Acto seguido, imagino también un solo pulmón. Discúlpeme al pensar en tantas insignificancias, pero es que al mismo tiempo que usted respira, hay millones de personas que tienen la capacidad de estar sincronizados con usted. No voy por derroteros espirituales, pero créame hay muchísima gente que simplemente respira a su mismo ritmo y velocidad. A la vez. Tomando y arrojando aire en este preciso instante, como un gran pulmón con billones de alveolos.

Luego de pronto, ya parece que soy de este planeta y dejo de imaginarme tantas cosas. Embadurnado bajo un eureka,  me creo el más listo del mundo pensando que tenemos sólo una gran atmósfera para todos. Obvio ¿verdad? Una sola Tierra a la que cuidar. No es que sea de Greenpeace o que vote a los partidos verdes, pero ahora me parece todo más claro. Tanto como tener un corazón colectivo o un solo pulmón humanitario.

* * * *

Con el duermevela de estar tirado en el sofá sin nada más que hacer que divagar, me imagino un solo estómago para todos. Sería como un estómago social, donde todos tendríamos cabida y el hambre sería su antónimo. Se podría reducir la apetencia, pues seríamos todos dependientes de nuestro estómago social.  El hambre del ajeno sería también el nuestro, como la atmósfera. De esta manera, el agujero en el estómago (a veces sin ser metafórico) de un niño keniano sería sentido también en nosotros. 

Acto seguido, me quedo indispuesto y me entra dolor de barriga. Yo lo llamaría nuestras indisposiciones sociales o nuestra gula ególatra. Por ponerle algún nombre.

Luego me di cuenta que estaba exhausto entre tanto vagabundeo mental. Me fui a la cocina a por chocolate y encendí la televisión, para que se me pasara la tontería.


Fotografía Alex Senna en flickr